¿Y LOS QUE NO ESTÁN?
  • By Dr. Carlos Cortez
  • 29 octubre, 2026

¿Y LOS QUE NO ESTÁN?

¿Y LOS QUE NO ESTÁN?

Cuando la iglesia deja de predicarse a sí misma

VAMOS POR LAS OVEJAS
Por el Dr. Carlos Cortez

Tenemos iglesias llenas. Música, predicaciones, actividades, ministerios funcionando, niños corriendo por los pasillos y personas levantando sus manos en adoración.

¡Y gracias a Dios por todo eso!

Pero hay una pregunta que necesitamos hacernos, aunque resulte incómoda:

¿Y los que no están?

¿Qué sucede con el hombre que nunca entraría a una iglesia? ¿Con la mujer que tuvo una experiencia dolorosa dentro de una congregación y decidió no regresar? ¿Con el joven que conoce más de TikTok que de la Biblia?

¿Qué ocurre con el compañero de trabajo que sonríe frente a todos, pero regresa a una casa donde siente que su vida carece de sentido?

¿Quién está pensando en el preso, el enfermo, la madre soltera, el matrimonio que atraviesa una crisis o el vecino al que nunca le hemos preguntado si conoce a Jesucristo?

Celebramos a quienes llegan los domingos, pero ¿cuánto sabemos de quienes viven lejos de Dios en nuestro propio vecindario?

La iglesia puede conocer perfectamente cuántas personas asisten a sus reuniones y desconocer por completo cuántas necesitan conocer a Cristo a unas cuantas calles de distancia.

Esta reflexión no pretende atacar a la iglesia. Al contrario, nace del amor por ella y del deseo de verla cumplir la misión que Jesucristo le confió.

Porque una iglesia saludable no solamente cuida a quienes están dentro. Se preocupa por quienes todavía faltan.

1. JESÚS NO OLVIDÓ A LA OVEJA QUE FALTABA

En Lucas 15:3-7, Jesús presenta una historia extraordinaria: un pastor tiene cien ovejas, pero una se pierde.

Noventa y nueve permanecen seguras.

Desde una perspectiva administrativa, podríamos considerar que conservar el 99 % del rebaño representa un resultado extraordinario. Cualquier organización estaría celebrando semejante porcentaje.

Pero el corazón del pastor no funciona por estadísticas.

Él sabe que falta una.

Y esa sola oveja es suficiente para movilizarlo.

Jesús describe al pastor que va tras la oveja perdida hasta encontrarla.

Detengámonos en esa expresión: hasta encontrarla.

No dice que la busca solamente cuando tiene tiempo. Tampoco establece que debe encontrarse cerca o que merezca ser rescatada.

El pastor sale a buscarla porque le pertenece y porque su vida tiene valor.

Esta parábola revela una verdad fundamental: Dios no es indiferente a quienes están lejos de Él.

En Mateo 9:36 encontramos otra expresión del corazón de Jesús:

«Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor».

Jesús no contemplaba multitudes anónimas. Veía personas, historias, sufrimientos, necesidades y destinos eternos.

Aquí encontramos uno de los desafíos más importantes para la iglesia contemporánea.

Podemos acostumbrarnos tanto a organizar reuniones que terminemos olvidando a las personas que todavía no participan de ellas.

Podemos celebrar una excelente asistencia mientras permanecemos indiferentes ante quienes nunca han escuchado el Evangelio.

Por supuesto que las noventa y nueve ovejas importan. Necesitan cuidado, alimento, protección y dirección.

Pero su presencia no elimina la importancia de aquella que todavía está perdida.

Una iglesia que comparte el corazón de Cristo aprende a celebrar a quienes están y a buscar a quienes faltan.

2. NO CONSTRUYAMOS UNA IGLESIA SOLAMENTE PARA LOS QUE YA CREEN

Existe un peligro que puede desarrollarse silenciosamente dentro de nuestras congregaciones: construir una vida eclesiástica diseñada exclusivamente para quienes ya conocen nuestro lenguaje, nuestras costumbres y nuestras prácticas religiosas.

Tenemos expresiones que comprendemos perfectamente, pero que pueden resultar completamente desconocidas para alguien que nunca ha tenido contacto con el cristianismo.

Hablamos de redención, justificación, santificación, unción y discipulado.

Y aunque son conceptos bíblicos importantes, no podemos asumir que todas las personas conocen su significado.

Hay quienes nunca han abierto una Biblia. No saben dónde encontrar Génesis, desconocen quién fue Abraham y jamás han escuchado una explicación clara acerca de la salvación en Jesucristo.

Por eso debemos preguntarnos:

¿Estamos comunicando el Evangelio para que las personas lo comprendan o solamente para demostrar cuánto sabemos nosotros?

El apóstol Pablo escribió:

«Me he hecho todo a todos, para que de todos modos salve a algunos».
— 1 Corintios 9:22

Pablo no estaba proponiendo modificar la verdad del Evangelio para complacer a sus oyentes.

Estaba enseñando la importancia de acercarse a las personas, comprender sus circunstancias y comunicar el mensaje de Cristo de una manera que pudieran entender.

El mensaje permanece. Nuestra manera de comunicarlo puede adaptarse.

No necesitamos fabricar un Evangelio atractivo. El Evangelio ya tiene poder para salvar y transformar vidas.

Lo que debemos evitar es levantar obstáculos innecesarios entre las personas y el mensaje de Jesucristo.

Cuando la predicación se convierte solamente en contenido

En Ezequiel 33:30-32 encontramos una advertencia que sigue siendo relevante.

El pueblo escuchaba al profeta con agrado, casi como quien disfruta una hermosa canción, pero no ponía en práctica sus palabras.

Podemos caer en una situación semejante.

Escuchamos una predicación, después otra y luego una más. Evaluamos al predicador, comentamos la música, compartimos una frase en redes sociales y esperamos el siguiente domingo.

Pero ¿qué estamos haciendo con lo que hemos escuchado?

La Palabra de Dios no fue entregada para convertirse únicamente en contenido religioso que consumimos semanalmente.

La verdadera enseñanza bíblica debe conducirnos a una vida transformada y a una fe que produce acciones concretas.

Si después de escuchar tantos mensajes seguimos indiferentes ante las necesidades espirituales de quienes nos rodean, necesitamos examinar qué estamos haciendo con la Palabra recibida.

3. LA IGLESIA NO SOLAMENTE SE REÚNE: ES ENVIADA

Una de las instrucciones más importantes que Jesús entregó a sus discípulos aparece en Mateo 28:19:

«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones».

La Gran Comisión contiene una misión que exige movimiento, obediencia y participación.

El mandato central es hacer discípulos, y el llamado de Jesús implica salir al encuentro de las personas.

Durante años, buena parte de nuestros esfuerzos evangelísticos se han concentrado en una pregunta:

¿Cómo podemos lograr que más personas vengan a la iglesia?

Es una pregunta legítima.

Queremos que las personas conozcan nuestra congregación, participen en la adoración, escuchen la Palabra y encuentren una comunidad donde puedan crecer espiritualmente.

Pero necesitamos incorporar otra pregunta igualmente importante:

¿Qué estamos haciendo para que la iglesia vaya hacia las personas?

Porque algunas aceptarán una invitación para asistir a una reunión dominical.

Otras no.

Hay quienes tienen prejuicios, temores, heridas o simplemente desconocen lo que sucede dentro de una iglesia.

Y precisamente por eso necesitamos acercarnos a ellas.

Ir no significa necesariamente viajar a otro país o convertirse en misionero transcultural.

En ocasiones, ir significa cruzar la calle para conocer a nuestro vecino.

Acercarnos a un compañero de trabajo.

Visitar a una persona enferma.

Escuchar a alguien que atraviesa una crisis.

Compartir una comida con una familia que necesita compañía.

O sentarnos frente a alguien, escuchar su historia y permitir que el Espíritu Santo nos guíe para compartirle el mensaje de Cristo.

Tu campo misionero puede comenzar mañana cuando llegues a tu trabajo.

Puede encontrarse en tu escuela, tu vecindario, una cafetería o incluso dentro de tu propia familia.

La iglesia no es solamente un lugar al que asistimos. Es un pueblo que Dios ha llamado y enviado al mundo.

Nuestra reunión dominical es importante, pero nuestra misión no termina cuando concluye el servicio.

En realidad, allí comienza una nueva oportunidad de vivir lo que hemos aprendido.

4. TÚ CONOCES PERSONAS QUE TU PASTOR NUNCA CONOCERÁ

Esta es una realidad que todo creyente necesita comprender.

Tu pastor no puede alcanzar personalmente a todas las personas que forman parte de tu vida.

Hay compañeros de trabajo que jamás conocerá.

Tienes familiares que probablemente nunca escucharán una de sus predicaciones.

Algunos de tus vecinos nunca aceptarían una invitación para asistir a la iglesia, pero estarían dispuestos a compartir una taza de café contigo.

Y entre tus contactos de redes sociales hay personas que nunca buscarán voluntariamente una página cristiana, pero sí prestarán atención a algo que tú compartas.

Por eso tu testimonio tiene un valor extraordinario.

Dios te ha colocado en espacios donde puedes representar a Cristo.

En el Nuevo Testamento observamos que la expansión del Evangelio no dependía exclusivamente de los apóstoles o de quienes ejercían funciones de liderazgo.

Los creyentes compartían su fe, abrían sus hogares, servían a otros y anunciaban las buenas noticias de Jesucristo.

Romanos 10:14 presenta una pregunta fundamental:

«¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?».

Cuando pensamos en predicar, solemos imaginar un púlpito, un micrófono y una congregación escuchando.

Sin embargo, anunciar el Evangelio no se limita a una plataforma.

Podemos compartir las buenas noticias sentados frente a alguien en una mesa, caminando por un parque, durante el almuerzo o conversando con un amigo.

No necesitas un doctorado para compartir lo que Cristo hizo en ti

Algunos creyentes llevan años diciendo:

«Yo no sé qué decir».

Y ciertamente necesitamos preparación bíblica, formación espiritual y discipulado.

La iglesia tiene la responsabilidad de equipar a los creyentes para que comprendan su fe y puedan compartirla con claridad.

Pero tampoco podemos utilizar nuestra falta de preparación como una excusa permanente para permanecer en silencio.

Si una persona lleva años dentro de una congregación y continúa sin comprender los fundamentos de su fe, necesitamos revisar tanto el proceso de discipulado de la iglesia como el compromiso personal del creyente con su crecimiento espiritual.

La madurez cristiana no consiste solamente en acumular años de asistencia.

Consiste en crecer en el conocimiento de Cristo y aprender a vivir conforme a su Palabra.

Y mientras seguimos aprendiendo, podemos comenzar compartiendo nuestro testimonio.

Puedes contar cómo conociste a Jesús.

Cómo encontraste esperanza en medio de una situación difícil.

Cómo Dios sostuvo tu vida cuando pensabas que no podrías continuar.

Cómo su gracia transformó tu manera de vivir.

Tu experiencia personal no sustituye el mensaje bíblico de salvación, pero puede convertirse en un puente para presentarlo.

No necesitas conocer todas las respuestas para comenzar a hablar de Aquel que transformó tu vida.

La mujer samaritana, después de encontrarse con Jesús, regresó a su ciudad y habló de Él. Su testimonio despertó el interés de otras personas que posteriormente escucharon al mismo Cristo (Juan 4:28-30, 39-42).

Ella no tenía todas las respuestas teológicas.

Pero había tenido un encuentro que no podía guardar para sí misma.

5. ¿TENEMOS UN PLAN O SOLAMENTE BUENAS INTENCIONES?

Es fácil expresar nuestro deseo de alcanzar a quienes todavía no conocen a Cristo.

Decimos:

«Queremos evangelizar nuestra ciudad».

«Queremos alcanzar nuevas familias».

«Queremos llevar esperanza a nuestra comunidad».

Son declaraciones importantes.

Pero necesitamos acompañarlas con preguntas concretas.

¿Cómo lo haremos?

¿A quiénes queremos alcanzar?

¿Qué estamos haciendo actualmente?

¿Cuándo comenzaremos?

Porque una intención que nunca se convierte en acción puede permanecer durante años como un deseo sin resultados.

Habacuc 2:2 contiene una instrucción dada al profeta en un contexto específico:

«Escribe la visión, y declárala en tablas».

Aunque este pasaje no constituye directamente un método de planificación evangelística, nos recuerda el valor de expresar con claridad aquello que debemos comunicar.

La misión que Cristo entregó a su iglesia es demasiado importante para dejarla solamente en declaraciones generales.

Necesitamos oración, dirección del Espíritu Santo, preparación y acciones concretas.

Y quiero llevar esta reflexión a un terreno personal.

¿Quién está lejos de Dios dentro de tu familia?

¿A qué compañero de trabajo podrías acercarte?

¿Qué vecino atraviesa una situación difícil?

¿Qué amigo necesita escuchar un mensaje de esperanza?

No estoy preguntándote cuántas personas necesitan a Cristo en el mundo.

Estoy preguntándote algo mucho más específico:

¿A quién conoces tú?

Porque podemos orar diciendo: «Señor, alcanza nuestra ciudad», mientras ignoramos a las personas que viven a nuestro alrededor.

Podemos pedir: «Señor, envía obreros», sin considerar que nosotros formamos parte de la respuesta a esa oración.

Jesús enseñó a sus discípulos a pedir al Señor de la mies que enviara obreros a su mies (Mateo 9:37-38).

Y en el siguiente capítulo, encontramos a esos mismos discípulos siendo enviados.

¡Qué extraordinaria enseñanza!

No solamente debemos orar para que Dios envíe a otros. Necesitamos estar dispuestos a ser enviados.

6. UN DESAFÍO PRÁCTICO: TRES NOMBRES

No quiero proponerte una estrategia complicada ni una lista interminable de actividades.

Quiero invitarte a comenzar con algo sencillo.

Piensa en tres personas que necesitan conocer o regresar a Jesucristo.

Tres personas reales.

Con nombre, historia, familia, necesidades y preguntas.

Puede ser un familiar, un vecino, un compañero de trabajo, un amigo o alguien que se alejó de la fe.

Escribe sus nombres.

Durante los próximos días, comienza a orar específicamente por cada uno.

Pero no limites tu oración a pedir que Dios los salve.

Pídele que te muestre cómo puedes acercarte a ellos.

Ora por sabiduría para escuchar.

Por sensibilidad para reconocer sus necesidades.

Por oportunidades para servir.

Por valentía para hablar de Jesucristo.

Y por discernimiento para saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio.

Después, presta atención.

La oportunidad puede llegar mediante una conversación inesperada, un mensaje, una llamada telefónica o una invitación para compartir un café.

Cuando ese momento llegue, no necesitas convertir cada encuentro en una predicación de una hora.

Escucha con interés.

Demuestra amor.

Sirve con humildad.

Y cuando exista la oportunidad, comparte con claridad y respeto la esperanza que has encontrado en Jesucristo.

Recuerda que nuestra responsabilidad es anunciar fielmente el Evangelio; la transformación del corazón pertenece a Dios.

No tratamos a las personas como proyectos religiosos ni como números que necesitamos agregar a una estadística congregacional.

Las amamos porque tienen valor delante de Dios.

Y precisamente porque las amamos, deseamos que conozcan a Cristo.

7. ¿Y SI DIOS QUIERE UTILIZARTE A TI?

Durante nuestra vida cristiana oramos frecuentemente:

«Señor, bendíceme».

«Señor, ayúdame».

«Señor, fortaléceme».

«Señor, háblame».

Son peticiones legítimas. Necesitamos diariamente la gracia, la fortaleza y la dirección de Dios.

Pero hay otra oración que necesitamos incorporar:

«Señor, úsame para que alguien más pueda conocerte».

¿Estamos dispuestos a ofrecerle nuestro tiempo?

¿Nuestra casa?

¿Nuestra mesa?

¿Nuestro teléfono?

¿Nuestras relaciones?

¿Nuestro testimonio?

Hay personas que están atravesando situaciones difíciles y se preguntan si Dios se ha olvidado de ellas.

Y nosotros podemos convertirnos en instrumentos de su amor al acercarnos, escuchar, servir y anunciarles la esperanza de Jesucristo.

No sabemos cuánto puede significar una conversación sincera para alguien que se siente completamente solo.

No sabemos qué puede producir una visita a una persona enferma.

No sabemos cómo Dios puede utilizar una invitación a comer, un mensaje de ánimo o una oración ofrecida con amor.

Pero sí sabemos que Jesús nos llamó a amar a nuestro prójimo y a anunciar el Evangelio.

Por eso necesitamos hacer nuestra esta oración:

«Señor, abre mis ojos para ver a quienes he dejado de ver».

CONCLUSIÓN: NO OLVIDEMOS A LOS QUE FALTAN

La iglesia necesita reunirse.

Necesitamos congregaciones donde se predique fielmente la Palabra de Dios, se adore a Jesucristo, se cuide a las familias y se formen discípulos.

Hebreos 10:24-25 nos recuerda la importancia de congregarnos y estimularnos al amor y a las buenas obras.

Pero nuestra responsabilidad no termina dentro del templo.

Jesús nos llamó a ir y hacer discípulos.

Por eso debemos celebrar a quienes llegan, cuidar a quienes permanecen, restaurar a quienes atraviesan dificultades y equipar a los creyentes para servir.

Sin olvidar a quienes todavía no conocen a Cristo.

Una iglesia puede tener excelentes instalaciones, programas organizados, ministerios activos y reuniones extraordinarias.

Pero si ha perdido su preocupación por quienes están lejos de Dios, necesita volver a examinar su misión.

No se trata de elegir entre cuidar a los que están o buscar a los que faltan.

La iglesia está llamada a hacer ambas cosas.

Porque el Buen Pastor conoce a sus ovejas y se preocupa por aquella que se ha perdido.

Hoy quiero dejarte una pregunta que merece mucho más que una respuesta rápida:

¿Estamos formando iglesias que solamente saben reunirse o discípulos que están dispuestos a salir?

La respuesta comienza en nuestras decisiones cotidianas.

Comienza cuando dejamos de esperar que todas las personas lleguen a nosotros y decidimos acercarnos a ellas.

Comienza cuando comprendemos que compartir el Evangelio no es una responsabilidad exclusiva del pastor, sino una misión confiada a toda la iglesia.

Y comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente cuántos llegaron el domingo y empezamos a preguntarnos:

¿Y LOS QUE NO ESTÁN?

UNA ORACIÓN PARA COMENZAR

Padre celestial:

Gracias porque tu gracia nos alcanzó cuando estábamos lejos de Ti.

Gracias por las personas que utilizaste para acercarnos al conocimiento de Jesucristo.

Hoy te pedimos que despiertes en nosotros una verdadera compasión por quienes todavía no te conocen.

Abre nuestros ojos para reconocer sus necesidades.

Danos sabiduría para acercarnos, humildad para servir y valentía para compartir tu Palabra.

No permitas que nuestra fe quede encerrada entre las paredes de un templo.

Haznos una iglesia que sale, que busca, que ama, que sirve y que hace discípulos.

Que nuestras familias, vecindarios y ciudades puedan conocer el amor de Cristo a través de una iglesia que vive y comparte el Evangelio.

En el nombre de Jesús.

Amén.


PARA REFLEXIONAR Y ACTUAR

Esta semana escribe tres nombres.

Ora por esas personas y busca una oportunidad concreta para acercarte a alguna de ellas.

No esperes a tener todas las respuestas.

Comienza mostrando el amor de Cristo.

Porque alguien que todavía no está puede estar esperando que tú des el primer paso.


SERIE: VAMOS POR LAS OVEJAS

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Cuando el Evangelio vuelve a la conversación.

Jesús predicó a las multitudes, pero también se sentó a la mesa, caminó con las personas y escuchó sus preguntas.

En nuestra próxima reflexión descubriremos por qué algunas de las conversaciones más importantes para compartir nuestra fe pueden comenzar alrededor de una mesa.

Dr. Carlos Cortez
Pastor | Doctor en Teología
UNA VIDA ABUNDANTE
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